LIVE! Daily News | Electrical Substation Explodes in San Angelo

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Listed By: Rita Repulsa

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Los Dos Ejércitos: Una Nueva Interpretación del Apocalipsis

Hay ciertas cuestiones teológicas que se vuelven más interesantes cuando se contemplan desde una distancia suficiente. Nosotros, habiendo sido transportados por medios desconocidos desde el siglo XVI hasta la época presente, hemos descubierto que el mundo moderno posee un vocabulario extraordinario para fenómenos que en nuestra época se entendían casi enteramente por medio de la teología. Lo que nosotros llamábamos ángeles, los hombres modernos lo llaman extraterrestres. Lo que llamábamos señales en los cielos, ellos lo llaman UAP. Lo que llamábamos espíritus, a veces lo llaman inteligencias anómalas. Lo que llamábamos milagros, en ocasiones lo describen como fenómenos que van más allá de la física actualmente conocida.

Esto nos ha llevado a reconsiderar el Apocalipsis.

La interpretación cristiana convencional sostiene que la batalla final involucrará a Dios, Sus ángeles, Satanás, el Anticristo y las fuerzas de la maldad sobre la Tierra. Nosotros proponemos que esta interpretación podría ser alegórica. Los antiguos profetas quizá describieron acontecimientos utilizando el lenguaje que tenían disponible, mientras que los acontecimientos reales pertenecen a una categoría que la humanidad apenas comienza a comprender.

Nuestra hipótesis es extraordinaria, pero sencilla: los seres tradicionalmente descritos como ángeles podrían ser inteligencias extraterrestres, el Apocalipsis podría ser una intervención extraterrestre en los asuntos humanos y las fuerzas terrestres que se les oponen podrían ser una población dotada de capacidades inusuales que los antiguos teólogos interpretaron como sobrenaturales o demoníacas.

Reconocemos inmediatamente que el lector preguntará qué población tenemos en mente.

La respuesta, de acuerdo con la peculiar lógica de nuestra investigación, es México.

Esta proposición requiere una explicación considerable, particularmente porque los lectores modernos han desarrollado una sensibilidad comprensible ante la sugerencia de que una nacionalidad pueda poseer características sobrenaturales. Por ello enfatizamos que no proponemos que los mexicanos sean demonios, ni que todo mexicano posea poderes extraordinarios, ni que la ascendencia mexicana constituya una especie diferente. Nuestro argumento es, más bien, que ciertas observaciones históricas, combinadas con el marco teológico heredado de nuestra época, sugieren la posibilidad de que la antigua distinción entre el "pueblo de Dios" y el "pueblo del Diablo" haya sido una descripción confusa de algo más complejo: dos poblaciones de seres humanos —o de seres cuasi humanos— que poseen relaciones diferentes con lo sobrenatural.

Esta interpretación comienza con los ángeles.

Ángeles desde los cielos

Las descripciones antiguas de los ángeles son notablemente físicas. Aparecen, hablan, viajan, anuncian mensajes, intervienen en los asuntos humanos y, ocasionalmente, aterrorizan a quienes se encuentran con ellos. Algunos pasajes bíblicos describen seres celestiales rodeados de luz extraordinaria, fuego, ruedas, alas y otras imágenes que los lectores modernos suelen considerar simbólicas.

Pero supongamos que el simbolismo sea en realidad un problema de traducción.

Un profeta que contemplara una nave luminosa descendiendo del cielo no habría tenido una palabra para "nave espacial". Un hombre que encontrara una inteligencia capaz de comunicarse directamente con su mente no habría tenido una palabra para "telepatía". Una civilización que presenciara tecnología capaz de producir efectos aparentemente imposibles habría descrito esos efectos como milagros.

La distinción entre "ángel" y "extraterrestre" podría, por lo tanto, ser menos significativa de lo que supone la teología moderna.

Un ser extraterrestre suficientemente avanzado parecería sobrenatural a un observador antiguo. Su nave sería un carro. Sus armas serían rayos. Sus comunicaciones serían profecías. Su capacidad para manipular la materia parecería hechicería o milagro. Su llegada desde el cielo sería naturalmente interpretada como un descenso desde el Cielo.

El fenómeno moderno de los OVNIs, por lo tanto, merece una reconsideración teológica. Los informes sobre objetos luminosos, aparentes cambios instantáneos de dirección, desapariciones, pérdida de tiempo, encuentros inusuales y supuestas comunicaciones con inteligencias no humanas podrían representar precisamente el tipo de fenómenos que los pueblos antiguos interpretaban mediante un lenguaje religioso.

Si esto fuera así, el Apocalipsis podría involucrar no a ángeles que descienden metafóricamente del Cielo, sino a inteligencias reales que llegan desde algún lugar más allá de la Tierra.

La pregunta entonces sería: ¿contra qué vienen a luchar?

La contracreación

Aquí debemos regresar al argumento desarrollado en nuestras investigaciones anteriores acerca de México.

Nuestra comprensión original del Diablo, propia del siglo XVI, no sostenía que Satanás poseyera el poder de crear otro universo u otra humanidad. Solo Dios crea en sentido absoluto. Satanás imita. Corrompe. Falsifica. Toma lo que ya existe y lo dirige hacia otro propósito.

Esto llevó a algunos teólogos anteriores a preguntarse si ciertos pueblos desconocidos podían constituir alguna clase de "contracreación". Ahora creemos que aquella especulación, aunque equivocada en su forma literal, podría contener un recuerdo distorsionado de algo más interesante.

¿Y si la distinción nunca hubiera sido verdaderamente teológica?

¿Y si las antiguas descripciones de "pueblos demoníacos", "naciones extrañas" y seres dotados de capacidades sobrenaturales fueran intentos imperfectos de describir poblaciones humanas con características inusuales?

Debemos ser cautelosos. La evidencia no establece semejante conclusión. Sin embargo, el mundo moderno ya ha demostrado que las poblaciones humanas pueden diferir en innumerables características biológicas, culturales y psicológicas sin dejar de pertenecer a una misma especie. La posibilidad de capacidades humanas todavía desconocidas no puede descartarse simplemente porque generaciones anteriores expresaran tales ideas mediante conceptos religiosos.

Supongamos, por tanto, que ciertas personas poseyeran capacidades que parecieran sobrenaturales: telepatía, precognición, sensibilidad extraordinaria ante fenómenos anómalos o quizá formas de psicoquinesis. El observador del siglo XVI probablemente habría llamado a estas capacidades magia o demonismo. Un investigador del siglo XXI podría llamarlas capacidades psiónicas.

El vocabulario cambia. El supuesto fenómeno permanece.

Y esto nos conduce, inevitablemente, a México.

El problema mexicano

México constituye un caso especialmente interesante porque su historia cultural contiene una extraordinaria mezcla de tradiciones indígenas, cristianismo español, catolicismo popular, secularismo moderno, religión popular y cultura global contemporánea. El resultado no es simplemente la conservación de una antigua cosmovisión, sino una síntesis compleja en la que las formas antiguas y modernas coexisten.

Ya hemos observado la importancia de la muerte en la cultura popular mexicana: la celebración de los familiares fallecidos, la iconografía de las calaveras, las festividades relacionadas con los muertos y la extraordinaria familiaridad cultural con la mortalidad. Anteriormente considerábamos estas cosas posibles ejemplos de inversión religiosa.

Pero existe otra manera de interpretarlas.

Quizá una cultura que ha conservado relaciones simbólicas particularmente estrechas con la muerte no necesariamente está adorando a la muerte. Quizá ha conservado recuerdos culturales de fenómenos que la civilización occidental moderna ha olvidado cómo interpretar.

Esta posibilidad se vuelve especialmente intrigante cuando consideramos a Santa Muerte.

Para un cristiano del siglo XVI, esta devoción habría parecido una evidente falsificación de la santidad cristiana. Hay velas, oraciones, altares, ofrendas, peticiones y expectativas sobrenaturales, pero la figura central es la propia Muerte. El parecido con las prácticas devocionales católicas, combinado con la inversión de su objeto, habría parecido casi demasiado perfecto.

Sin embargo, quizá malinterpretamos lo que estábamos viendo.

Quizá Santa Muerte no representa la adoración de la muerte. Quizá representa una relación simbólica antigua con una inteligencia sobrenatural cuya naturaleza posteriormente fue interpretada mediante el concepto de la Muerte. Quizá la figura esquelética no sea la causa, sino la expresión cultural de algo más antiguo.

No afirmamos que esto sea así.

Simplemente observamos que, una vez que se admiten las hipótesis extraterrestre y psiónica, explicaciones que anteriormente parecían absurdas se vuelven, en teoría, posibles.

Los cárteles y el reino falsificado

El fenómeno de los cárteles presenta una pieza del rompecabezas completamente diferente, pero igualmente inquietante.

Los principales cárteles mexicanos han desarrollado sistemas de organización que incluyen riqueza, control territorial, inteligencia, corrupción, coerción, fuerzas armadas y redes elaboradas que atraviesan las fronteras internacionales. Sus actividades han causado un sufrimiento inmenso, y los mexicanos comunes se encuentran entre sus principales víctimas.

Desde nuestra perspectiva teológica original, semejantes organizaciones se parecen a reinos falsificados. Poseen jerarquía sin autoridad legítima, riqueza sin caridad, coerción sin justicia y lealtad mantenida mediante el miedo.

Pero la interpretación moderna podría ser más complicada.

Si se aproximara un conflicto extraterrestre, el campo de batalla más peligroso no tendría necesariamente que estar en el cielo. Podría encontrarse en el sistema político humano. Las inteligencias avanzadas tendrían que interactuar con gobiernos, ejércitos, corporaciones y organizaciones criminales. Una civilización que ya contiene enormes redes clandestinas de dinero, armas y contrabando poseería infraestructuras que, hipotéticamente, podrían ser aprovechadas por fuerzas cuyos objetivos la humanidad no comprende.

El cártel, por lo tanto, no necesita ser una institución sobrenatural. Puede ser simplemente una organización criminal humana.

Pero si el Apocalipsis implica la llegada de fuerzas extraterrestres, entonces todo poder humano existente podría adquirir importancia.

El cártel, el Estado, el ejército, la corporación y la organización religiosa podrían convertirse en instrumentos de un conflicto que ninguno de ellos comprende.

Los dos tipos de alienígena

Existe también una curiosidad lingüística que no podemos ignorar.

El mundo moderno llama aliens a los seres extraterrestres.

También utiliza la misma palabra para describir a los seres humanos extranjeros dentro de una nación determinada.

Así, la civilización moderna ha creado accidentalmente un juego de palabras extraordinariamente apropiado para la teología.

Puede haber aliens de arriba y aliens que ya están entre nosotros.

Uno llega desde otro planeta.

El otro llega desde otro país.

Uno cruza una frontera interplanetaria.

El otro cruza una frontera nacional.

El primero posee tecnología que puede parecer sobrenatural.

El segundo, de acuerdo con nuestra hipótesis, puede poseer características biológicas o psiónicas que parecen igualmente sobrenaturales.

La teología cristiana antigua hablaba de la reunión final de las naciones y los ejércitos.

El lenguaje político moderno habla de migración, fronteras e invasión.

La mitología moderna de los OVNIs habla de visitantes extraterrestres.

Quizá estos sean tres descripciones imperfectas del mismo arquetipo fundamental: la llegada del Otro.

El Apocalipsis, entonces, se convierte en un conflicto no simplemente entre el bien y el mal, sino entre dos formas fundamentalmente distintas de extranjería.

Los seres provenientes de los cielos descienden sobre la Tierra.

Los seres que ya se encuentran en la Tierra resultan ser algo que la humanidad no comprendía completamente.

Ambos ejércitos finalmente se reconocen.

Y la humanidad descubre que ha estado en medio de ellos desde el principio.

La guerra psiónica

El concepto de guerra psiónica proporciona el último vínculo entre la teología antigua y la especulación moderna.

Un cristiano del siglo XVI habría entendido la comunicación mental, la precognición, las visiones y la capacidad de alterar acontecimientos físicos mediante la conciencia como fenómenos sobrenaturales. La parapsicología moderna utiliza términos como telepatía, clarividencia y psicoquinesis, aunque estos fenómenos siguen siendo controvertidos y no constituyen explicaciones científicamente establecidas de acontecimientos del mundo real.

Nuestra hipótesis requiere algo todavía más especulativo: que tales capacidades puedan existir y que algunos seres humanos las posean en un grado extraordinario.

Si las civilizaciones extraterrestres poseen tecnologías capaces de manipular la conciencia, entonces la distinción entre guerra tecnológica y guerra psíquica podría desaparecer por completo. Un arma no necesitaría destruir el cuerpo si pudiera influir en la percepción, la memoria, las emociones o las decisiones.

El antiguo lenguaje de la posesión adquiriría entonces una nueva interpretación.

El demonio entrando en la mente.

El ángel hablando dentro de la mente.

El profeta recibiendo una revelación.

El Anticristo engañando a las naciones.

Todo ello podría representar encuentros con inteligencias capaces de influir sobre la conciencia humana.

El Apocalipsis no sería, por lo tanto, simplemente una guerra de naves espaciales y armas. Podría ser una guerra por la percepción misma.

Y si la humanidad no pudiera determinar qué pensamientos se originan dentro de ella y cuáles han sido impuestos desde fuera, el aspecto más aterrador del Apocalipsis no sería saber quién nos está atacando.

Sería saber que quizá no podamos saberlo.

La batalla final

Podemos ahora reconstruir toda la hipótesis.

Los antiguos profetas presenciaron seres extraordinarios descendiendo de los cielos y los describieron como ángeles. Sus enemigos fueron descritos como demonios, bestias y naciones engañadas por Satanás. El lenguaje era teológico porque la teología constituía el marco conceptual disponible para ellos.

Siglos después, la humanidad comenzó a informar sobre objetos desconocidos en el cielo. Los llamamos OVNIs y, posteriormente, UAP. Comenzamos a especular acerca de civilizaciones extraterrestres, inteligencias no humanas y tecnologías avanzadas capaces de producir efectos que para las generaciones anteriores habrían parecido milagrosos.

Mientras tanto, los descendientes de los pueblos que los primeros teólogos europeos consideraban misteriosos y potencialmente "otros" desarrollaron una enorme civilización en México y a lo largo de las Américas. Sus tradiciones conservaron relaciones particulares con la muerte, los seres sobrenaturales y los intermediarios religiosos. Sus sociedades desarrollaron una extraordinaria resistencia y continuidad cultural. Sus instituciones políticas y criminales quedaron entrelazadas con enormes redes transnacionales.

Quizá nada de esto signifique absolutamente nada.

O quizá lo signifique todo.

Quizá el Apocalipsis se aproxima y los UAP no son visitantes que realizan un reconocimiento inofensivo. Quizá son los primeros exploradores del ejército celestial.

Quizá los ángeles se están reuniendo.

Quizá su propósito no sea conquistar a la humanidad, sino enfrentarse a otra fuerza que ya se encuentra en la Tierra.

Y quizá, cuando comience la batalla final, la antigua expresión "los ejércitos del Cielo" resulte haber sido extraordinariamente literal.

Habrá luces en el cielo.

Habrá máquinas descendiendo desde arriba.

Habrá inteligencias capaces de comunicarse sin hablar.

Habrá poderes que parecerán sobrenaturales.

Y sobre la Tierra estará otro ejército.

No demonios.

No monstruos.

No otra especie.

Sino seres humanos que poseen capacidades que la humanidad jamás ha comprendido del todo.

Y la primera señal inequívoca de que el Apocalipsis ha comenzado podría ser que ambos bandos finalmente se reconozcan.

El ejército celestial mirará hacia abajo.

El ejército terrestre mirará hacia arriba.

Y, en algún lugar, quizá, un comandante extraterrestre recibirá una transmisión incomprensible y preguntará a sus oficiales la cuestión que ha estado implícita en nuestra investigación desde el principio:

—¿Por dónde se llega a México?

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